Era sábado y como es de rigor, festejábamos un cumpleaños en el club. Esta vez era el de la joven escultural, quien con su inocente belleza, soliviantaba una vez más los ánimos de los arqueros. Todos querían demostrarle su alegría y afecto abrazándola con abrazos que me parecían más prolongados que lo habitual; alguno tuvo la idea de hacerle "pogo", idea a la que se sumaron unos cuántos y pongo como ejemplo, para que noten la imparcialidad de este relato, a mi propio esposo, a quien vi brincando de un lado a otro con los brazos en alto, gritando "pogo,pogo"!. Yo me mantenía en un aparte, solazándome con las agudas observaciones de un instructor sobre las delicias de la vida hogareña cuando la suegra se va, y a decir verdad, estaba un poco mareada, ya que un rato antes mis compañeros de mesa me habían obligado a tomar un vaso de vino tinto y como todos saben, sólo tomo agua (cuando no hay otra cosa). De manera que el asunto del pogo no me inquietaba, me sentía como distendida y al fin y al cabo era asunto de la cumpleañera. Fue luego de cortar la torta, creo, cuando el joven arquero que figura en el encabezado, se ofreció a hacer café y todos aceptaron, viendo que las botellas ya estaban vacías y creyendo además, llegado el momento de espabilarse un poco. El café apareció en el acto, lo que me hizo sospechar. No había transcurrido el tiempo suficiente, ni siquiera para llenar el depósito de agua de la cafetera. Y como me sucede a veces, cuando contra mi voluntad ingiero alguna gota de alcohol, hago y digo todo tipo de cosas censurables, tuve la desdicha de hacer en voz alta un comentario sobre la calidad del café que se estaba sirviendo. El joven arquero no dudó en responderme en los términos más duros que pueda imaginarse. Se las agarró con mi jardín, diciendo que en lugar de perder el tiempo con esas "plantitas" y "florcitas" debería sembrar lechuga, para dar de comer a tanto niño desnutrido del país. No teníamos semillas de lechuga. Su esposa, pienso que tratando de socorrerme en tan desgraciado momento, me ofreció un balde de bellotas de roble que tenía en su casa, por si quería yo plantarlas en el terreno donde está mi vilipendiado jardín. Lo pensé un momento y deduje que aún si las citadas bellotas fuesen un buen alimento infantil, como un roble tarda más de diez años en dar frutos, cuántos niños no podrían gozar del beneficio. Seguí barajando posibilidades y llegué al tomate, que es una fuente reconocida de vitaminas, pero se me apareció de inmediato el flagelo de la diarrea estival, por lo que fue descartado; la batata casi no resistió el más mínimo análisis, pues conociendo la caterva que me rodea imaginé en seguida losa chistes soeces que se me vendrían encima; finalmente decidí que el zapallo de cáscara dura sería el más adecuado, ya que además de ser un gran nutriente, sus flores previas al fruto, darían solaz a mi espíritu. En fin, por las dudas no pienso comunicar a nadie mis conclusiones a la espera de que el joven arquero ocupe su mente con otros temas, se olvide de mi jardín y no tenga que pasar yo, de jardinera a horticultora, que no es lo mío.
Malicia
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