martes, 4 de diciembre de 2007

El día que perdimos a John Travolta

Ya van para dos años que sufrimos la pérdida de este notable personaje. Durante los fines de semana, se dedicaba a dirigir y encaminar nuestras actividades en el club, por lo general desordenadas- por no acudir a expresiones como : desbocadas, caóticas, las más de las veces exacerbadas por los vahos etílicos de algunos. Su sola presencia convocaba al sosiego, a la mesura, al buen entendimiento entre los socios. Pero cuando llegaban las carnestolendas, era otro su cantar, mejor dicho su bailar. Su vena artística fue revelándose de a poco. Al principio se mostraba más bien remiso ante el requerimiento de las damas más osadas, quienes pretextando que se despedía el año o se celebraba un campeonato exitoso, o usando incluso argucias menos sutiles, lo arrastraban hasta la pista de baile, deseosas de ser captadas por alguna cámara indiscreta y darse aires luego de haber bailado con persona tan importante ( a cuyos méritos citados, debo agregar lo armonioso de su figura)
Ya en la tercera o cuarta reunión bailable de que tengo memoria, mostró su desenfreno. Sus contorsiones hipnotizaban a mujeres, hombres y niños por igual. No le hacía asco a la rumba, al flamenco, a la lambada, al tango ni al cuartetazo; eso sí, nunca lo vi bailar un chamamé y mucho menos mandarse un sapucay. La concurrencia quedaba paralizada cuando él copaba la pista. Siempre terminaba bailando sólo pues quien fuese la atrevida que hubiera querido acompañarlo, se retiraba resignada al no poder emular su destreza.
Llegó a ser popular en el club, la sentencia que cierto entrenador lanzara un día:" las fiestas son una excusa para verlo bailar".
Pero el devenir, el transcurrir inexorable del tiempo, trajo un cambio y ese cambio tuvo nombre de mujer. Los esponsales acarrearon una seriedad en su carácter que considero innecesaria.
Para resumir: ya no bailó como antes y un sábado de éstos, lo vimos llegar al campo vistiendo traje y corbata! qué pérdida, señores, qué pérdida!!

martes, 30 de octubre de 2007

El caballero y su dama



Desde un principio, conformaron una pareja atípica para los cánones de nuestro club. Llegan juntos, almuerzan juntos,tiran juntos y juntos se retiran. Sobrios, discretos, más bien callados pero amables.En un principio llamaba la atención de algunos, el hecho de que ella le colocara las flechas en el arco, que luego lo acompañara hasta el blanco y se las recogiera, algo impensable para cualquiera de las demás damas quienes nos caracterizamos más bien por cierta independencia y rebeldía frente a nuestros caballeros. Luego, ella hizo el curso y se transformó también en tiradora, pero esto modificó muy poco su actitud hacia él: sigue retirándole las flechas del blanco. Durante las reuniones festivas, observan comprensiva y hasta piadosamente nuestro desaforado jolgorio, pero nos acompañan. Dan con su presencia, un lustre especial a nuestro club. Hoy él está enfermo y lleva su enfermedad con la misma discresión que ha tenido siempre para sus actos, pero a ella la veo preocupada. No quiero que estén sólos en los momentos que pudieran venir ( difíciles o no ) y digo sólos, de nuestro acompañamiento, de nuestra contención. Porque al club no vamos solamente a tirar flechas, vamos también a estar acompañados, a compartir, a querer.

Pero aclaro, por las dudas, que ni tan nobles sentimientos de mi parte, harán que le coloque las flechas en el arco a mi amado esposo, salvo que él así me lo indique.



Malicia

martes, 2 de octubre de 2007

De cómo el joven cazador

De cómo el joven cazador plantea cambiar mi jardín por tierra de cultivo para terminar con la desnutrición infantil.
Era sábado y como es de rigor, festejábamos un cumpleaños en el club. Esta vez era el de la joven escultural, quien con su inocente belleza, soliviantaba una vez más los ánimos de los arqueros. Todos querían demostrarle su alegría y afecto abrazándola con abrazos que me parecían más prolongados que lo habitual; alguno tuvo la idea de hacerle "pogo", idea a la que se sumaron unos cuántos y pongo como ejemplo, para que noten la imparcialidad de este relato, a mi propio esposo, a quien vi brincando de un lado a otro con los brazos en alto, gritando "pogo,pogo"!. Yo me mantenía en un aparte, solazándome con las agudas observaciones de un instructor sobre las delicias de la vida hogareña cuando la suegra se va, y a decir verdad, estaba un poco mareada, ya que un rato antes mis compañeros de mesa me habían obligado a tomar un vaso de vino tinto y como todos saben, sólo tomo agua (cuando no hay otra cosa). De manera que el asunto del pogo no me inquietaba, me sentía como distendida y al fin y al cabo era asunto de la cumpleañera. Fue luego de cortar la torta, creo, cuando el joven arquero que figura en el encabezado, se ofreció a hacer café y todos aceptaron, viendo que las botellas ya estaban vacías y creyendo además, llegado el momento de espabilarse un poco. El café apareció en el acto, lo que me hizo sospechar. No había transcurrido el tiempo suficiente, ni siquiera para llenar el depósito de agua de la cafetera. Y como me sucede a veces, cuando contra mi voluntad ingiero alguna gota de alcohol, hago y digo todo tipo de cosas censurables, tuve la desdicha de hacer en voz alta un comentario sobre la calidad del café que se estaba sirviendo. El joven arquero no dudó en responderme en los términos más duros que pueda imaginarse. Se las agarró con mi jardín, diciendo que en lugar de perder el tiempo con esas "plantitas" y "florcitas" debería sembrar lechuga, para dar de comer a tanto niño desnutrido del país. No teníamos semillas de lechuga. Su esposa, pienso que tratando de socorrerme en tan desgraciado momento, me ofreció un balde de bellotas de roble que tenía en su casa, por si quería yo plantarlas en el terreno donde está mi vilipendiado jardín. Lo pensé un momento y deduje que aún si las citadas bellotas fuesen un buen alimento infantil, como un roble tarda más de diez años en dar frutos, cuántos niños no podrían gozar del beneficio. Seguí barajando posibilidades y llegué al tomate, que es una fuente reconocida de vitaminas, pero se me apareció de inmediato el flagelo de la diarrea estival, por lo que fue descartado; la batata casi no resistió el más mínimo análisis, pues conociendo la caterva que me rodea imaginé en seguida losa chistes soeces que se me vendrían encima; finalmente decidí que el zapallo de cáscara dura sería el más adecuado, ya que además de ser un gran nutriente, sus flores previas al fruto, darían solaz a mi espíritu. En fin, por las dudas no pienso comunicar a nadie mis conclusiones a la espera de que el joven arquero ocupe su mente con otros temas, se olvide de mi jardín y no tenga que pasar yo, de jardinera a horticultora, que no es lo mío.

Malicia

domingo, 16 de septiembre de 2007

5to Torneo medieval

El sábado 15 de Septiembre se realizó en el C.U.D.A., el 5to Torneo Medieval de Arquería, más conocido como TAM. Antes de las 9 de la mañana, ya se veían arribar las huestes entusiastas, ataviadas con los más coloridos atuendos que pueda imaginarse y cargando con sus arcos y flechas, dispuestos a entregarse a la lid, ignorando la tenue llovizna que descendía sobre la ciudad y el campo. A mi arribo noté que el grueso de la multitud se arremolinaba sobre el patio techado, pero lo atribuí a que ése era el lugar donde estaban los vestuarios y donde las damas seguramente estarían dando los últimos retoques a su embellecimiento. Mi primera sorpresa del día, fue comprobar que eran los caballeros quienes pululaban por el recinto, admirándose los unos a los otros y lanzándose piropos, ya sobre lo bien labrado de aquel yelmo, ya sobre el excelente bordado de aquella capa. A las damas no les quedó otro remedio que admirarse entre ellas mismas, viendo que el día se presentaba muy masculino. Dada mi incapacidad momentánea para presentarme como competidora en el torneo, me dediqué a vagar y observar, no perdiendo la oportunidad de escanciar de tanto en tanto, la deliciosa cerveza tirada que se ofrecía en uno de los puestos.
Pasadas las diez de la mañana, el Compañero Fermé anunció el inicio del evento, alegando que había tenido una conversación con el Supremo, quien le había asegurado que no llovería más. Doy gracias a que la vorágine del propio torneo y la urgencia que atacó a los participantes a retirarse a sus hogares apenas terminado el mismo, hizo que nadie se acordara de reprocharle por sus palabras, hacia el final del día. Porque si bien el de arriba amainó con la lluvia, no puso el más mínimo esmero en secar un poco el campo y así fue como vi a más de uno llegar del patio al campo, planeando, llevado contra su voluntad por un resbalón traidor. El barro acariciaba solapadamente las capas y vestidos de las damas, llegando hasta las zonas más altas, los dorados zapatitos de odalisca de algún tirador, perdieron sus cascabeles apenas éste se aventuró a adentrarse en el pantano rumbo a los blancos. Presencié a más de un monje franciscano olvidar sus votos de austeridad y sacrificio, para enfundarse un grueso polar disimulado luego bajo el liviano hábito. Y hacia las once, la parrilla parecía un enjambre, donde todos trataban de mitigar el frío más que el hambre.
El torneo fue un éxito. Desde el micrófono se indicaba permanentemente dónde debía colocarse tal y cual equipo, las indicaciones eran claras y precisas, pero como ya se sabe, nunca falta un distraído que va para el lado contrario, y así fue como uno de los jueces perdió la paciencia en un momento, lo que hizo que el distraído se ubicara de inmediato.
La Final fue tan emocionante y tensa como los es toda Final, llevándose los laureles el caballero de Bahía Blanca y la dama Verónica. Pero no estaría conforme con mi narración, si no hiciera yo un apartado especial para destacar aquel punto de las eliminatorias, que atrajo la atención de toda la concurrencia. Viendo que debían enfrentarse dos adversarios cuya enemistad es bien conocida por los socios del Cuda, inquirí de inmediato si el hecho se debía a la casualidad resultante de un limpio sorteo, o si el mismo se debía a la malignidad de los organizadores. Se me informó que había sido producto de la casualidad, pero como no nací precisamente ayer, desconfié. El papel de los arqueros en cuestión, fue un poco lamentable: le erraron como diez veces al mismo blanco donde momentos antes, delicadas damiselas habían acertado con los ojos cerrados. La multitud no se molestaba en arengar, más bien se oían abucheos de toda índole; yo misma no pude contenerme y les grité que fueran a hacer el curso, de lo cual me arrepiento desde luego, teniendo en cuenta que uno de ellos era mi consorte. Algunos visitantes curiosos me preguntaron si tales arqueros eran profesores, otros, si “se llevaban mal”, y algunos me preguntaron directamente a qué se debía tanta efervescencia. A ninguna de estas preguntas supe qué responder. El espectáculo amenazaba con llegar a la ingnominia, cuando finalmente una de las flechas pegó en algún lugar, derribó el blanco y los jueces que a estas alturas debían estar un poco hartos de la situación, dieron por terminado el trance, ya que sospecho además que habían perdido el conteo de las flechas lanzadas y nadie quería saber si faltaba o no tirar algunas más. Les diré a modo de cierre que mi consorte quedó afuera de la competencia y su vencedor le siguió los pasos en la próxima vuelta.
Así de colorido, anecdótico y húmedo transcurrió nuestro Torneo Medieval, un regocijo para el alma. Una flecha, una quebrada y volvemos el año que viene.

Atentamente Malicia