El sábado 15 de Septiembre se realizó en el C.U.D.A., el 5to Torneo Medieval de Arquería, más conocido como TAM. Antes de las 9 de la mañana, ya se veían arribar las huestes entusiastas, ataviadas con los más coloridos atuendos que pueda imaginarse y cargando con sus arcos y flechas, dispuestos a entregarse a la lid, ignorando la tenue llovizna que descendía sobre la ciudad y el campo. A mi arribo noté que el grueso de la multitud se arremolinaba sobre el patio techado, pero lo atribuí a que ése era el lugar donde estaban los vestuarios y donde las damas seguramente estarían dando los últimos retoques a su embellecimiento. Mi primera sorpresa del día, fue comprobar que eran los caballeros quienes pululaban por el recinto, admirándose los unos a los otros y lanzándose piropos, ya sobre lo bien labrado de aquel yelmo, ya sobre el excelente bordado de aquella capa. A las damas no les quedó otro remedio que admirarse entre ellas mismas, viendo que el día se presentaba muy masculino. Dada mi incapacidad momentánea para presentarme como competidora en el torneo, me dediqué a vagar y observar, no perdiendo la oportunidad de escanciar de tanto en tanto, la deliciosa cerveza tirada que se ofrecía en uno de los puestos.
Pasadas las diez de la mañana, el Compañero Fermé anunció el inicio del evento, alegando que había tenido una conversación con el Supremo, quien le había asegurado que no llovería más. Doy gracias a que la vorágine del propio torneo y la urgencia que atacó a los participantes a retirarse a sus hogares apenas terminado el mismo, hizo que nadie se acordara de reprocharle por sus palabras, hacia el final del día. Porque si bien el de arriba amainó con la lluvia, no puso el más mínimo esmero en secar un poco el campo y así fue como vi a más de uno llegar del patio al campo, planeando, llevado contra su voluntad por un resbalón traidor. El barro acariciaba solapadamente las capas y vestidos de las damas, llegando hasta las zonas más altas, los dorados zapatitos de odalisca de algún tirador, perdieron sus cascabeles apenas éste se aventuró a adentrarse en el pantano rumbo a los blancos. Presencié a más de un monje franciscano olvidar sus votos de austeridad y sacrificio, para enfundarse un grueso polar disimulado luego bajo el liviano hábito. Y hacia las once, la parrilla parecía un enjambre, donde todos trataban de mitigar el frío más que el hambre.
El torneo fue un éxito. Desde el micrófono se indicaba permanentemente dónde debía colocarse tal y cual equipo, las indicaciones eran claras y precisas, pero como ya se sabe, nunca falta un distraído que va para el lado contrario, y así fue como uno de los jueces perdió la paciencia en un momento, lo que hizo que el distraído se ubicara de inmediato.
La Final fue tan emocionante y tensa como los es toda Final, llevándose los laureles el caballero de Bahía Blanca y la dama Verónica. Pero no estaría conforme con mi narración, si no hiciera yo un apartado especial para destacar aquel punto de las eliminatorias, que atrajo la atención de toda la concurrencia. Viendo que debían enfrentarse dos adversarios cuya enemistad es bien conocida por los socios del Cuda, inquirí de inmediato si el hecho se debía a la casualidad resultante de un limpio sorteo, o si el mismo se debía a la malignidad de los organizadores. Se me informó que había sido producto de la casualidad, pero como no nací precisamente ayer, desconfié. El papel de los arqueros en cuestión, fue un poco lamentable: le erraron como diez veces al mismo blanco donde momentos antes, delicadas damiselas habían acertado con los ojos cerrados. La multitud no se molestaba en arengar, más bien se oían abucheos de toda índole; yo misma no pude contenerme y les grité que fueran a hacer el curso, de lo cual me arrepiento desde luego, teniendo en cuenta que uno de ellos era mi consorte. Algunos visitantes curiosos me preguntaron si tales arqueros eran profesores, otros, si “se llevaban mal”, y algunos me preguntaron directamente a qué se debía tanta efervescencia. A ninguna de estas preguntas supe qué responder. El espectáculo amenazaba con llegar a la ingnominia, cuando finalmente una de las flechas pegó en algún lugar, derribó el blanco y los jueces que a estas alturas debían estar un poco hartos de la situación, dieron por terminado el trance, ya que sospecho además que habían perdido el conteo de las flechas lanzadas y nadie quería saber si faltaba o no tirar algunas más. Les diré a modo de cierre que mi consorte quedó afuera de la competencia y su vencedor le siguió los pasos en la próxima vuelta.
Así de colorido, anecdótico y húmedo transcurrió nuestro Torneo Medieval, un regocijo para el alma. Una flecha, una quebrada y volvemos el año que viene.
Atentamente Malicia